La crisis del dios Baco

vino

Por Nicolás R. Taiariol

Las economías regionales hace tiempo que vienen mostrando desequilibrios como parte de su estructura productiva. Las mismas fueron arrasadas en la larga noche neoliberal y no se han implementado cambios sustanciales para poder encarrilarlas nuevamente, en parte porque al Gobierno Nacional priorizó atender otros factores relevantes de la economía y en parte porque los Gobiernos Provinciales son reticentes a asumir el costo político que esto podría generar con las élites locales dominantes.

La vitivinicultura no escapa a esta realidad. Hoy en día la crisis del sector está centrada en una nueva fase de sobreproducción. El problema que enfrentan los productores es que el año pasado y los anteriores hubo una gran producción de vino y como se vende bastante menos de lo que se produce y el sobrante no se hizo mosto, hay una gran cantidad de vino para ofrecer y por lo tanto el precio de los vinos es mucho bajo que el previsto.

Las exigencias de las asociaciones de productores y bodegueros mendocinos para resolver esta crisis se centran en el aporte por parte del Gobierno Nacional de $ 500 millones para extraer 200 millones de vino blanco escurrido del mercado de manera tal de tonificar el precio, diversificar el 35% según Acuerdo Mendoza-San Juan (generación de un parte de la producción en mosto), el otorgamiento de créditos de Cosecha y Acarreo blandos de rápida obtención y de fácil acceso que permita la llegada a muchos productores y por último, el impulso de la ley nacional de Uso de Jugos Naturales (uso de jugo concentrado de uva en la demanda de edulcoración de bebidas sin alcohol). Sin olvidar el pedido por una mayor devaluación, la disminución de los costos laborales y algunas exenciones impositivas más.

Las últimas grandes transformaciones estructurales del sector tienen que ver con la Ley de Fraccionamiento de Vinos en Origen, norma que se sancionó en 1985 y que posibilitó robustecer el peso de las bodegas y fraccionadores locales, y con la privatización de Bodegas y Viñedos Giol (bodega provincial), a principio de los años noventa y que originó que la provincia pierda su instrumento más importante en política vitivinícola y que los pequeños productores quedaran desprotegidos ante el poder de las grandes bodegas.

Algunos analistas sostienen que sector vitivinícola argentino viene gestando una transformación como pocos en nuestro país y que la inversión combinada con oportunidades de mercados externos han sido las claves. Pero esta transformación aún no llegó a todos y hoy todavía permanecen muchas hectáreas productivas con uva poco demandada. Además, muchos de los costos crecieron fuertemente ya que los insumos del sector evolucionaron con el dólar por ser importados (o sustitos de importación) al igual que el transporte internacional.

Un estudio del Observatorio Vitivinícola Argentino establece que dentro de la cadena vitivinícola argentina, el sector primario es considerado el eslabón más vulnerable. En las épocas de las grandes crisis de precios, se expulsaron productores primarios de a miles, y diversos estudios de costos han detectado una porción significativa de productores que trabajan por debajo no sólo de la línea de la rentabilidad, sino incluso de la sostenibilidad. La estructura competitiva de la cadena parte de un segmento de comercialización relativamente concentrado, y se va atomizando al ir descendiendo, hasta llegar a la situación de casi 11.500 productores en Mendoza, proveyendo a 674 bodegas.

En relación a las bodegas, el sector muestra un nivel medio-alto de concentración. Entre enero y noviembre de 2014 (a valores FOB) se exportó u$s 682 millones, y el grupo Peñaflor (de la familia Bemberg) es el principal exportador de vino argentino con 18,13% del total, lo siguen Esmeralda SA (de Catena Zapata) con el 11,55% y La Agrícola SA (de la Familia Zuccardi) con el 4,78%. El grupo Peñaflor además es el mayor “productor” de vino del país, con un cerca del 30% del mercado local a través de sus más de 50 marcas en todos los segmentos, desde Trapiche, Fond de Cave, Alma Mora y Don David hasta Michel Torino, Santa Ana, Frizzé, Hereford y Termidor.

Pero no sólo la exportación y la comercialización de vinos presentan altos grados de concentración. El abastecimiento de botellas lo dominan sólo tres empresas (Cattorini, Verallia y Owens-Illinois), hay dos de empresas que importan corchos (Molinas Argentinas y RX) y dos de cajas (Cartocor y Zucamor). En tanto que en relación a la comercialización exterior apenas cinco países captan el 80% de las exportaciones (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Brasil y Países Bajos) y la comercialización interna está centralizada en el canal supermercadista, el cual está manejado por un puñado de grandes cadenas.

Otro problema que arrastra el sector vitivinícola tiene que ver con los porcentajes de apropiación del precio. Se estima que de lo que paga un consumidor al comprar una botella de vino, se reparte en partes iguales (un tercio cada uno) entre la bodega que fabrica el vino, el transporte y logística, y el comercio que lo vende.

Las crisis de sobreproducción (o de infraconsumo) no son algo nuevo, sino que se han sucedido desde 1880 en la industria vitivinícola. Las cuestiones coyunturales determinan la naturaleza y el momento de la crisis, pero son los aspectos estructurales los que posibilitan que las crisis sean recurrentes. Por lo que intervenir en la industria para resolver los problemas de hoy, no garantizan que en poco tiempo más ingresemos en otro espiral de la misma crisis.

Para resolver estas cuestiones, no sólo hay que revisar las políticas que se implementan que lejos de eliminarse los problemas, los acentúan sino también transformar con políticas estructurales una industria que es desequilibrada y desequilibrante. Por último, es urgente

retomar la discusión de qué Estado Provincial queremos, cuáles son sus alcances, su grado de participación, su nivel de intervención, con cuanta libertad queremos que actúe y hasta donde dejar avanzar a las fuerzas vivas del mercado, y principalmente si somos capaces de dejar abandonados a su suerte a miles de pequeños productores con tal de no hacer enojar al dios mercado.

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