La producción de soja en la Argentina

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El presente artículo tiene por objetivo efectuar un repaso histórico por las condiciones que permitieron el desarrollo del cultivo de soja en Argentina, alcanzando en la actualidad una cobertura del 60% de la superficie sembrada de nuestro país. Su expansión en el agro argentino tiene estrechas vinculaciones con la evolución de las variables externas, teniendo en cuenta que prácticamente su totalidad, tanto en forma de poroto, pellets, como aceite de soja, se exporta hacia el resto del mundo.

La soja en Argentina comenzó a sembrarse a mediados de los años 70, y en menos de 40 años ha tenido un avance inédito. Este proceso de creciente sojización naturalmente ha desplazado otro tipo de prácticas y productos agropecuarios, dejando claramente ganadores y perdedores. Entre los primeros se encuentran los pooles sojeros integrados por capitales internacionales, mientras que los pequeños y medianos productores han sido los más perjudicados.

La industrialización del poroto de soja y la comercialización de la soja y sus derivados también tienen características que sin dudas agravan la cuestión. El conflicto por la resolución 125 que tuvo lugar en el año 2008, dio cuenta de los marcados limites existentes para la transformación de esta situación, más aun considerando que la discusión se centró en las posibilidades de reparto de márgenes extraordinarios que derivaban de la fluctuación de los precios internacionales de los commodities. Esto reveló no sólo el importante poder de los sectores concentrados del agro argentino, sino fundamentalmente, el nivel de expansión geográfica que el cultivo de soja alcanzó en estos años, consiguiendo así unificar un reclamo “del campo” entre productores e distinto tamaño.

En este sentido y en un contexto signado por una feroz puja distributiva que posiciona a los sectores más concentrados –particularmente del terratenientes, pooles de siembra y grandes comercializadores del agro- en favor de una devaluación de la moneda que “devuelva competitividad”, se hace imperativo repasar la trayectoria de la principal producción agrícola en la actualidad: la soja.

LA PRODUCCION DE SOJA EN ARGENTINA

Concentración y divisas en pocas manos

Introducción

En el marco de la actual restricción externa, conjugada con el litigio con los fondos buitre y el pretendido impacto negativo que este conflicto supondría en la estabilidad financiera local, la discusión en torno a la obtención de divisas ha cobrado gran relevancia. Particularmente ha puesto en el centro de la escena los debates referidos a la preponderancia del complejo sojero en la producción del agro argentino y al elevado nivel de concentración de las exportaciones de sus productos.

En un contexto signado por una feroz puja distributiva, que posiciona a los sectores más concentrados –particularmente del agro, en sintonía con sectores industriales de la UIA- en favor de una devaluación de la moneda que “devuelva competitividad” a la economía, con argumentos similares a los esgrimidos a partir de la alteración cambiaria en enero de 2014, se hace imperativo repasar la trayectoria de la principal producción agrícola en la actualidad: la soja.

En este marco, ponderar quiénes han sido los ganadores y perdedores de un proceso de creciente “sojización” que se remonta a las década de los ‘70 resulta sin dudas revelador de la trama de intereses que se conjugan en la actual coyuntura.

La creciente importancia del cultivo de soja

La producción de soja y sus derivados es actualmente una de las actividades más dinámicas de la economía argentina. Se introdujo a mediados de los años ‘70, etapa en la que este cultivo comenzó a tener escala comercial local. En tanto experiencia inédita en el nivel internacional en términos de la velocidad de adopción del nuevo cultivo como base para la generación de ventajas competitivas, actualmente se ha convertido en la principal producción del agro argentino. La cosecha 2011/2012 alcanzó las 40 millones de toneladas, habiendo alcanzado un pico de 52 millones en la cosecha 2009/2010, y habiendo superado de manera holgada a la suma de las cosechas de trigo, girasol y maíz.

En paralelo, también se ha incrementado año a año la capacidad de procesamiento del grano, tanto a través de inversiones para aumentar la capacidad de molienda, como en la mejora de los puertos para exportación.

El grueso de la producción de soja, ya sea como grano, aceite o sus derivados, se exporta. Asimismo se trata de un sector que tiene relevancia fiscal, especialmente por los impuestos al comercio exterior.

Como se visualiza en el Gráfico 1, la producción de soja crece más aceleradamente que la producción de Maíz, Trigo y Girasol desde finales de los años ‘90. Este despegue de su producción durante la postconvertibilidad responde a distintos factores, entre los que se encuentra el gran incremento de los precios internacionales de los commodities, y en especial de la soja, junto con la introducción de un nuevo paquete técnico y su consecuente modelo de organización de la producción.

Las innovaciones tecnológicas tuvieron que ver con la difusión de la utilización de semillas transgénicas y la siembra directa, mientras que la organización de la producción supuso una creciente separación de la propiedad de la tierra de quien desarrolla las actividades, lo que significó una masiva contratación de servicios de la mano del surgimiento de poderosos pooles de siembra que concentraron la explotación de la tierra.

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La introducción de la soja en Argentina

En el marco de un proceso de “agriculturización” del agro1, frente a un retroceso de la ganadería, se introdujo la soja convencional en la Argentina como un cultivo nuevo a partir de inicios de los años ‘70.

Los primeros desarrollos se habían llevado a cabo dos décadas antes en la Estación Obispo Colombres de Tucumán en un intento por encontrar cultivos sustentables capaces de reemplazar al monocultivo de la caña de azúcar. Ya desde fines de los años 60 desde el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) se desarrolló un programa de mejoramiento de distintas variedades que se implementó en Pergamino y Marcos Juárez. Asimismo, desde 1973 este tema fue impulsado por la Secretaría de Agricultura.

Es así que hacia mediados de los ’70 aparecen las primeras producciones en la zona este de Córdoba y sur de Santa Fe, compitiendo con las tierras dedicadas al cultivo del maíz.

De acuerdo a Bisang y Gutman (2005), el dinamismo inicial de la soja tuvo que ver con los siguientes factores concurrentes: (i) la reducción en la rentabilidad del esquema de producción previo, basado en un cultivo anual, con escasa fertilización, técnicas de implantación convencionales y eventuales rotaciones con la ganadería, y (ii) una creciente demanda externa por granos oleaginosos.

El mecanismo de implantación que adoptó la soja en los ´70 se caracterizó por la roturación de la tierra (arado, rastra, siembra, rastra) y por el uso (paulatinamente creciente) de un paquete de herbicidas selectivo para cada conjunto de malezas. También se incorporaron aplicaciones adicionales para combatir las plagas (pulgones, chinches, etc.), lo cual significó el puntapié inicial para la introducción de las fumigaciones, poco habituales hasta ese entonces.

1 Desde mediados de los ‘70 hasta mediados de los ‘90 operaron factores que potenciaron la producción agrícola en detrimento de la ganadería, lo cual determinó que el stock ganadero se redujera hasta límites desconocidos. Tanto las modificaciones en el mercado internacional como la tecnología utilizada y la política económica (como la reducción de las retenciones al agro) implementada por la dictadura militar, constituyeron factores de relevancia para explicar el predominio de la agricultura sobre la ganadería (Arceo y Basualdo, 2006).

En este marco, se produjo un importante incremento de la producción de la soja, al punto que a inicios de los ’80 rondaba los 4 millones de toneladas por año.

A partir de allí el modelo cambió sustantivamente cuando se verifica la concurrencia de varios elementos:

i. una política de restricción a las exportaciones de granos en simultáneo con una tasa de protección efectiva atractiva que facilita las colocaciones externas de aceites y pellets;

ii. facilidades crediticias, impositivas y de promoción industrial;

iii. un mercado internacional con demanda creciente y precios en ascenso.

La respuesta productiva en el nivel primario fue un rápido crecimiento que llevó a duplicar la producción a lo largo de la década. Se verificó una coevolución entre la producción de granos y la expansión de la capacidad interna de molienda, atraídos por el dinamismo del comercio internacional y las condiciones regulatorias internas.

A fines de los ochenta, aún en el marco de una tendencia positiva y desde una perspectiva de largo plazo, comenzó a avizorase cierto estancamiento productivo relacionado con: los vaivenes de la demanda internacional (en precios y cantidades), las intervenciones sobre los precios relativos (con las retenciones y los juegos de aranceles sobre insumos/producto), el fin del “reemplazo fácil” por otros cultivos (como el maíz), e, incluso, los primeros síntomas de agotamiento de los suelos.

Ello creó las bases para la posterior difusión de un paquete tecnológico, ahorrador de costos, conformado por la siembra directa, el uso de semilla transgénica resistente al glifosato, el reemplazo de varios herbicidas por el glifosato y un uso mayor de los fertilizantes.

Los años ‘90: hitos en la expansión del cultivo de soja

Año 1991: Decreto de Necesidad y Urgencia de Desregulación


La política madre que posibilitó un cambio institucional importante en la política agraria y que fue la base de sustentación de estas transformaciones fue el Decreto de Desregulación de 1991. A partir de esa medida fueron eliminadas de cuajo los organismos que existían desde los años treinta a esta parte: la Junta Nacional de Granos, la Junta Nacional de Carnes, el Instituto Forestal Nacional, el Mercado Nacional de Hacienda de Liniers, la Comisión Reguladora de la Producción y Comercio de Yerba Mate, el Mercado Consignatario Nacional de Yerba Mate y la Dirección Nacional del Azúcar. Asimismo, se adoptaron medidas dirigidas a la liberación de cupos de siembra, cosecha, elaboración y comercialización de caña de azúcar y azúcar, yerba mate, viñedos, uva y vino” (Díaz Ronner, 2001), organismos que tenían por finalidad regular la actividad agraria (por ejemplo, manteniendo precios sostén para la producción de cereales en apoyo de los chacareros pampeanos). Desde entonces el sector agrario argentino se transformó en uno de los menos regulados del mundo, sujeto como ningún otro a los vaivenes de la economía mundial. Éstas y otras medidas adoptadas durante los años noventa contribuyeron a la desaparición de numerosas explotaciones agropecuarias, fundamentalmente aquellas que tenían menos de 200 hectáreas.

A partir de la desregulación de 1991 los pequeños productores quedaron enfrentados a los grandes productores y a las grandes empresas agroindustriales transnacionales (Teubal y Giarraca, 2005).

Año 1996: Ingresa a Argentina la semilla de soja transgénica


La situación mejoró parcialmente en los primeros años de la década de los ‘90 como efecto de mejoras en los precios relativos (quita de retenciones, reducción de aranceles a la importación de insumos, etc.), lo cual se tradujo en mayores saldos productivos. A mediados de los noventa y en el marco de un clima expansivo, con fuertes inversiones y creciente endeudamiento del sector, el modelo entró en una fase de crisis a partir de una severa reducción de los precios internacionales sumado a la paulatina apreciación cambiaria interna.

En ese momento se libera a la venta la semilla de soja transgénica y se termina de articular el paquete tecnológico que se complementa con la siembra directa (SD) y el creciente uso de fertilizantes.

En el año 1996 se produce un ingreso al mercado argentino, de un producto que va a marcar un punto de inflexión en el campo argentino: ingresa por primera vez la semilla de soja transgénica, comercialmente conocida como la semilla “RR”, que es una sigla en inglés que significa “Roundup Ready”.

El nuevo paquete tecnológico se difundió rápidamente dando lugar a una re configuración productiva cuyo resultado concreto fue la ampliación de la producción de granos. Esto último fue acompañado por nuevas inversiones en la industria de la molienda lo cual reforzó el modelo traccionado por la demanda internacional.

En el nivel productivo, el promedio de los 12 millones de toneladas de la primera mitad de los ‘90, fue rápidamente superado, a punto tal que en 2002 se había duplicado la producción respecto de 5 años atrás (Bisang, 2005)

Es necesario aclarar ciertas características que hacen que esta semilla sea especialmente particular, y, no casualmente, genera ingresos extraordinarios para una de las empresas multinacionales más grandes del mundo: Monsanto.

La semilla RR la vende Monsanto. Fue alterada genéticamente para resistir al glifosato, un potente herbicida que arrasa con todo lo que crece, menos, con esta semilla. Al glifosato lo vende solamente Monsanto.

A partir de estas transformaciones tecnológicas, la producción de soja queda estrechamente vinculada a la utilización del “paquete tecnológico” que combina estos tres elementos: la utilización del glifosato se conjuga con la siembra directa mecanizada y con la semilla transgénica (Soja RR de Nidera, Monsanto y Syngenta).

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Año 2003: Asume Néstor Kirchner


Para cuando comienza el ciclo de gobiernos kirchneristas la soja ya ocupaba el 46% de la superficie sembrada del país (Teubal y Giarraca, 2005). Entre el año 1982 y el 2003 la superficie sembrada de soja se multiplicó por 6, pasando de ocupar algo más de 2 millones de hectáreas a 12, 6 millones de has en el 2003.

Las nuevas condiciones de precios relativos, sumado al favorable contexto internacional, dieron como resultado un nuevo dinamismo productivo que lleva a la actividad a niveles superiores a los 38 millones de toneladas.

Este comportamiento fue el resultado de:

i. la difusión masiva de un nuevo paquete agronómico articulado por la semilla transgénica (y complementado por la siembra directa y el uso de fertilizantes y herbicidas);

ii. la consolidación de una nueva forma de organización de la producción –la trama– incluyendo ahora no sólo la actividad primaria sino también la industria y los servicios (con los consecuentes impactos sobre el nivel y la tipología de la ocupación);

iii. las favorables condiciones de precios relativos;

iv. la preexistencia de una base tecnológica, productiva y empresaria.

Como se refleja en el Gráfico 2, desde 1996, año en el que ingresó al país la semilla de soja transgénica y el 2003, cuando comienza el ciclo de gobiernos kirchneristas, la superficie sembrada de soja tuvo un aumento de algo más del 100%. A partir de este año y hasta el año 2009, cuando se intentó poner un límite a este fenomenal avance, la superficie sembrada ya había crecido un 43% más.

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En los 90? Más allá de la reducción en la tasa de crecimiento, las consecuencias sobre el resto de la agricultura, de la ganadería y de la vida de los pequeños y medianos productores eran más que evidentes.

Como muestra el Gráfico 3, entre los censos de los años 1988 y del 2002 podemos ver cómo han ido desapareciendo las explotaciones agropecuarias de menor tamaño y, al mismo tiempo han ido creciendo aquellas explotaciones más grandes. Esto muestra una de las consecuencias terribles que tuvo el neoliberalismo en lo rural, concentrando la propiedad de la tierra como nunca antes. Se visualiza un marcado incremento de las explotaciones que superan las 1000 hectáreas y alcanzan las 5000 has, asimismo se revela un aumento de las explotaciones con más de 20 mil has. En paralelo, se redujeron prácticamente en una misma proporción todas las explotaciones con menos de 500 has., reflejando una palmaria destrucción de la pequeña producción. Reforzando esta tendencia y para el período de la postconvertibilidad, el reciente informe de la ONG Grain “Los Hambrientos de la Tierra” (2014) indica que Argentina perdió el 18% de sus fincas entre 2002 y 2008.

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Ganadores y perdedores. Concentración en el complejo sojero.

Si bien la producción primaria involucra a una importante cantidad de productores (73.000), sólo el 6% de los mismos explican el 54% de la producción.  Este reducido grupo, representativo de la agricultura a gran escala (pools de siembra), se ha consolidado como nuevo actor en la última década. Ocupan el rol de gerenciadores de los medios de producción de terceros a través de un modelo de organización de la producción basado en un red de contratos que consiste en: arrendamiento de tierras ajenas, alquiler de equipos y maquinarias, uso masivo de nuevas tecnologías de proceso como la siembra directa y el doble cultivo (soja de 1° y soja de 2°)y nuevos paquetes de insumos en base a semillas genéticamente modificadas (soja RR), herbicidas asociados (glifosato) y fertilizantes.

El grueso de la producción primaria de soja (75%) se destina a la industrialización, mientras que el resto se exporta. Del total de la producción de aceite crudo de soja, el 67% se destina a la exportación, el 27% a la producción de biodiesel y el resto a la refinación (tanto para consumo doméstico como para otras industrias).

El proceso de refinación se encuentra concentrado en cinco grandes empresas que lideran el mercado interno. Los residuos o subproductos de la industria aceitera (harinas proteicas y tortas) se procesan y transforman en pellets para la fabricación de alimentos balanceados.

La producción primaria de soja está concentrada en un grupo reducido de agentes productivos.

– El 6% de los productores son grandes (más de 1500 toneladas por campaña), representando el 54% del total producid

– El 94% restante son pequeños (menos de 1500 toneladas por campaña), dando cuenta del 46% de la producción restante

– El sector industrial también tiene un elevado grado de concentración:

– El 11 % de las empresas con capacidad de procesamiento de granos de más de 20 mil toneladas por día explican el 51% de la molienda

– En el otro extremo, el 61% de las empresas con capacidad para procesar hasta mil toneladas por día, representan el 4% de la molienda

– Las 7 principales empresas concentran alrededor del 70% de la capacidad de producción total de aceites. La competitividad de las mismas reside en su escala de producción y en su localización tanto cerca de los centros de abastecimiento de granos como de los puertos de salida de la producción.

– El 84% de la superficie sembrada se encuentra en las provincias de Buenos Aires (29%), Córdoba (28%), Santa Fe (19%) y Entre Ríos (8%).

Las exportaciones de grano de soja se encuentran fuertemente concentradas en un número reducido de empresas:

Las cinco primeras explican el 66% de las ventas externas. 

Las diez primeras dan cuentan del 96%.

Las retenciones en conflicto

La resolución 125/08 para la aplicación de retenciones móviles a la exportación de soja, que como marcamos, está concentrada en 10 empresas, constituyó un antes y un después en el ciclo kirchnerista. Esta resolución buscaba sistematizar y hacer más progresivo al impuesto a la exportación de soja, aumentando la alícuota cuando el precio subiera y reduciéndola cuando el precio bajara, siempre con niveles mínimos y máximos. Esta resolución se da en un momento en que, debido al precio internacional de la soja, la alícuota iba a ser mayor, lo que generó una reacción sin precedentes por parte de los grandes grupos concentrados, que, mediante mecanismos de distorsión de la información, pusieron a un porcentaje importante del pueblo argentino a su favor.

Debido al gran impacto nacional que tuvo esta resolución, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dio marcha atrás con la medida, y envió al poder legislativo un proyecto de ley para que sean los legisladores quienes finalmente tomaran la decisión de llevar adelante este cambio en el sistema impositivo. El capítulo termina con el famoso “no positivo” del entonces Vicepresidente Julio Cobos y la situación impositiva quedó igual que antes.

Este intento de enfrentamiento a las corporaciones internacionales que manejan el negocio del complejo sojero tuvo varias lecturas desde lo político. La primera fue la derrota del gobierno frente a estos grupos. La segunda fue, que para muchos millones de argentinos, se hizo explícita la demostración del impresionante poder político, económico y mediático que este tipo de grupos económicos ostentan.

Naturalmente, entre el 2009 y el 2013 la superficie sembrada continuó creciendo, todavía a un ritmo menor que antes, aproximadamente a un 11%, y durante este último año ya ocupa la impresionante cifra de 20 millones de hectáreas. Si se tiene en cuenta que en la Argentina hay 34 millones de hectáreas sembradas en general, se deduce que tenemos casi el 60% de nuestra superficie de siembra, ocupada por un producto que los argentinos prácticamente no consumen.

Este impresionante poderío que ostentan estos grupos económicos tiene importantísimas consecuencias en la macroeconomía, en la micro, y en la vida cotidiana de cada uno de los argentinos. Pasando por el nivel de reservas del Banco Central, la administración del tipo de cambio, hasta por cuestiones cotidianas y más mundanas como pueden ser el precio del pan o de la leche. Este poder, les ha permitido durante el 2013 generar una presión devaluatoria pocas veces vista en la historia de nuestro país.

En el año 2013 el complejo sojero alcanzó un record de hectáreas sembradas con soja, como mencionamos anteriormente, de alrededor de 20 millones de hectáreas. Este escenario, acompañado por el clima, produjo una cosecha (la segunda más importante de la historia argentina) del cereal de 49,3 millones de toneladas, un 23% más que el año 2012, como lo muestra el Gráfico 4.

Este permanente aumento de la importancia de la soja en la economía nacional otorga cada vez más poder en el manejo de divisas a este grupo concentrado de empresas.

Esta concentración en la administración de divisas incide directamente en el fenómeno de la restricción externa, considerando que las prácticas de acaparamiento de la cosecha en silo bolsa para la especulación con el precio del dólar han sido moneda corriente durante los últimos años. Los limites que esto significa para la liquidez en el BancoCentral,necesaria para hacer frente a los compromisos externos en materia de deuda e importaciones (sector energético, automotriz, bienes de capital), magnifican la cuestión de la concentración de divisas, y otorgan a un puñado de actores concentrados un poder de veto sobre la estabilidad económica nacional.

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El decreto de Desregulación del campo del año 1991, mencionado al inicio de este informe, fue la herramienta por la cual se eliminó a la Junta Nacional de Granos, un organismo a través del cual era el Estado Nacional el que exportaba los granos. La eliminación estratégica que el modelo neoliberal llevó adelante permitió que un grupo de multinacionales y aliados locales alcanzaran un significativo poder en el manejo de las divisas.

En esta etapa signada por la puja distributiva en torno del excedente económico, la necesaria transformación de la Estructura Productiva Desequilibrada (como sostuvo el economista argentino Marcelo Diamand) precisamente requiere la canalización de vastos recursos para la profundización del proceso sustitutivo. La implementación de una agresiva política industrial requiere, en este sentido, del manejo de las divisas como punto fundamental.


Conclusión

El proceso de expansión del cultivo de soja que implicó un gran incremento de su producción se conjuga en la postconvertibilidad con el importante incremento de los precios internacionales del grano de soja y sus derivados. Esto significó para la economía argentina (y para el conjunto de América Latina, predominantemente exportadora de materias primas) una “alteración de los términos del intercambio” que se tradujo en amplias tasas de crecimiento de la región. No obstante, el marcado nivel de concentración de las explotaciones agrícolas, junto con la particular forma de cultivo de la soja, atada a la compra del paquete tecnológico y a su explotación por grupos concentrados como los pooles de siembra se combina con una marcada concentración de la comercialización de granos en el exterior. La existencia de pocos actores concentrados en uno de los sectores más dinámicos de la economía argentina, y principal proveedor de divisas, pone serios límites a las posibilidades de profundizar el desarrollo sustitutivo, al mismo tiempo que enciende una alerta sobre los riesgos del monocultivo para la soberanía alimentaria.

Esta situación es sin dudas parte de un proceso mundial. El citado informe de la ONG Grain afirma: “hoy en día, la gran mayoría de las fincas del mundo son pequeñas fincas campesinas y se están tornando cada vez más pequeñas. Actualmente las pequeñas fincas han sido relegadas a menos de un cuarto del total de la tierra agrícola mundial. Estamos perdiendo rápidamente fincas y agricultores en muchos lugares, en tanto que las grandes fincas se tornan cada vez más grandes. Las fincas campesinas e indígenas siguen siendo las mayores productoras de alimentos en el mundo. En conjunto, las fincas pequeñas son más productivas que las grandes. Las mujeres constituyen la mayoría del campesinado indígena y no indígena (…) La concentración de la tierra es un fenómeno mundial, incluso en aquellos países en que se supone que los programas de reforma agraria del siglo XX habían acabado con ella. En muchos países, ahora mismo, está ocurriendo una contra-reforma, una especie de reforma agraria en reversa, ya sea la apropiación de tierras por las corporaciones en África, el reciente golpe de Estado en Paraguay impulsado por los empresarios agrícolas, la expansión masiva de las plantaciones de soya en América Latina, la apertura de Birmania a los inversionistas extranjeros o la expansión hacia el este de la

Unión Europea y su modelo agrícola. En todos estos procesos, el control sobre la tierra le está siendo usurpado a los pequeños productores y sus familias por élites y poderes corporativos que están arrinconando a la gente en propiedades cada vez más pequeñas (…) La otra fuente de alarma fue darnos cuenta que actualmente las fincas campesinas ocupan menos de una cuarta parte de toda la tierra agrícola del mundo o menos de una quinta parte si se excluye China e India de este cálculo. La tierra en manos campesinas es cada vez menor y si esta tendencia persiste no serán capaces de continuar alimentando al mundo”.



Bibliografía

– Arceo Enrique y Basualdo, Eduardo; “Evolución y situación actual del ciclo ganadero en la Argentina”, Revista Realidad EconómicaNº 221, Buenos Aries, julio-agosto 2006.

– Banco Central (2014); Informativo semanal, disponible en: http://www.bcr.com.ar/Publicaciones/Informativo%20semanal/bcr2014_02_21.pdf

– Bisang, Roberto y Gutman, Graciela E. (2005); Acumulación y tramas agroalimentarias en América Latina, Revista de la CEPAL Número 67.

– Díaz Ronner, Lucila (2001); Desregulación y transformación productiva en el agro argentino. Un análisis sobre cinco productos agroindustriales, Congreso ASET. Disponible en: http://www.aset.org.ar/congresos/5/aset/PDF/RONNER.PDF

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– ONG Grain (2014); “Los Hambrientos de la Tierra”, disponible en: http://www.grain.org/es/article/entries/4956-hambrientos-de-tierra-los-pueblos-indigenas-y-campesinos-alimentan-al-mundo-con-menos-de-un-cuarto-de-la-tierra-agricola-mundial

– Teubal, Miguel (2006); “Expansión de la soja transgénica en la Argentina”. Disponible en: http://ase.tufts.edu/gdae/Pubs/rp/wg/AgricultureBook_Span/PromesasPeligrosCh4Teubal.pdf

– Teubal, Miguel y Giarraca Norma (2005); “El campo argentino en la encrucijada”, Ed. Alianza.

Autores

– Julia Strada, Becaria de Conicet, Lic. en Ciencia Política por la UNR, Maestranda en Economía Política FLACSO-CONICET, integrante del Centro de Economía Política Argentina y de FEDESAM en el proyecto Desarrollos Productivos Asociativos

Ignacio Vila, Lic. En Comercialización de Empresas, estudiante de la Tecnicatura Superior en Economía Social en Contextos Rurales, integrante del Centro de Economía Política Argentina y de FEDESAM

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