Una economía mundial estancada que requiere cambios

CAMBIOS

Argentina frente a las nuevas configuraciones mundiales. Análisis de los investigadores Juan Cruz Lucero y Esteban Mancusi, del Centro de Economía Política Argentina (CEPA),  en el que evalúan el derrotero económico argentino a la luz de las transformaciones económicas mundiales de los últimos años

(Especial para NODAL)

 

Los cambios estructurales aplicados a partir de la década de los ’80 en los países centrales generaron efectos nocivos en materia de producción, enfocando el patrón de acumulación hacia el capital financiero en detrimento del capital productivo o real. Dichos cambios, sumados a los nuevos esquemas de producción, relocalización de ciertas actividades y cadenas globales de producción, implicaron una profunda transformación en la participación de los países que traccionan el crecimiento.

Si se analiza la variación porcentual del Producto Interno Bruto (PIB) mundial de las últimas décadas se puede observar que los resultados son por demás magros. Este proceso se visibilizó en el comportamiento de las economías más desarrolladas que, desde los años setenta hasta mediados de los ochenta, tuvieron tasas que acompañaron la media mundial.

A partir de la aplicación de las medidas estructurales neoliberales se generaron una serie de crisis en países de la periferia como México, Rusia, Brasil, Turquía, Argentina o la crisis de los Tigres Asiáticos.

Ahora bien, a partir del año 2000, luego del impulso y auge de las reformas estructurales, los países del centro crecieron siempre por debajo de la media mundial. Los cambios están vinculados con la expansión de las empresas transnacionales y la internacionalización de los procesos productivos que redirigieron segmentos de su producción hacia los países periféricos.

Luego de las crisis mencionadas se dio una revitalización de los Estados subdesarrollados (en un comienzo principalmente los del Sudeste Asiático), los países de la periferia se convirtieron en los impulsores del crecimiento de la economía mundial. Esta situación se evidencia en la participación de los países del centro y la periferia en el PIB mundial: mientras que en el año 2000 la participación del centro fue del 76,4% y la de la periferia fue del 23,5%, en el año 2012 la periferia alcanzó el 40%, mientras que el centro bajó más de 16 puntos porcentuales acumulativos en tan sólo 12 años.

La crisis del año 2008 expresó las limitaciones intrínsecas de un sistema que generó condiciones estructurales insostenibles. La expansión del capital financiero, con una batería de instrumentos como los derivados o los futuros que, sin sustento en el capital real, generaron una crisis de crecimiento generalizada. El indicador que mejor ilustra este proceso es el que mide la dimensión del capital financiero en relación al PIB mundial: si hacia 1980 el volumen de capital financiero duplicaba el PIB mundial, treinta años más tarde lo quintuplica.

Los países más desarrollados son un ejemplo de este proceso. La menor inversión, la caída de la actividad económica y la reducción de la demanda mundial se manifestó en una crisis del mercado de trabajo que ha afectado seriamente a países como España, Italia e incluso Francia o Alemania. Este último, en particular, ha experimentado los impactos negativos de la crisis a partir de una caída del orden del 9% en las exportaciones de bienes industriales a sus socios europeos, producto de una significativa baja en la demanda.

Luego de la explosión de la crisis internacional, fruto de la profunda financierización de la economía mundial, la postura de los centros de estudio y pensamiento más ortodoxos, los países desarrollados y los organismos internacionales consistió en aconsejar una reducción del gasto bajo el aspecto de una “consolidación fiscal”, reduciendo la capacidad de los Estados para intervenir en la economía.

En este contexto, resulta muy interesante destacar lo planteado por el G-20, en su más reciente declaración conjunta tras la cumbre concertada en la ciudad australiana de Brisbane.

El documento final marca la necesidad de modificar con urgencia el enfoque económico, apostando al crecimiento y fomento de la demanda agregada global, de manera que las tasas de actividad y empleo aumenten. Fomentar el crecimiento de la economía global es hoy un objetivo y una deuda pendiente, luego de la gran crisis financiera internacional del año 2008.

A lo largo del comunicado se observa, a las claras, la necesidad de revertir el curso porque los resultados, luego de seis años, son decepcionantes. De hecho, en el comunicado, el G-20 admite el fracaso de las recetas de ajuste impulsadas por los organismos multilaterales de crédito y la ortodoxia económica.

Argentina en un contexto complejo

Luego de la peor crisis social, política y económica de la historia moderna, nuestro país experimentó un proceso de crecimiento inédito. La salida de la crisis se manifestó en una maxi devaluación con efectos extremadamente nocivos para los sectores populares.

No obstante, a partir del año 2003 se impulsó desde el Estado una recuperación de los niveles de ingresos, a partir de una serie de políticas destinadas a fomentar la creación del empleo y la expansión de la producción industrial. En muy poco tiempo, el país alcanzó elevadísimas tasas de crecimiento, las famosísimas “tasas chinas”.

La multiplicación de los puestos de trabajo -más de 5 millones, a los que se respaldó a través de la reapertura de los convenios colectivos de trabajo- disparó un boom de consumo que a su vez reactivó engranajes productivos muy deteriorados tras casi 30 años de desindustrialización.

Al mismo tiempo, a partir de fines de los años noventa, los precios de los commodities internacionales experimentaron un alza sostenida que se tradujo en una mejora sustancial de la situación del sector agropecuario, e incluso en enfoques teóricos que dieron por agotadas las tesis de Prebisch-Singer respecto de los términos desiguales de intercambio.

La suba de los precios internacionales, la expansión de la frontera agrícola (a partir de un notable desarrollo tecnológico) y la expansión de la oferta de productos manufacturados (motivada ante todo por las políticas del Estado tendientes a estimular el proceso de reindustrialización), generaron condiciones extraordinarias para la exportación que en el año 2011 registró el record histórico de la historia argentina.

Mucho se ha dicho sobre el “viento de cola” y los efectos de los precios internacionales en el impacto en la economía nacional. Si bien es cierto, como se dijo, que los términos de intercambio resultaron favorables a nuestro país también lo fueron para la región latinoamericana en su conjunto. Argentina, en comparación a otros países, ha sido la que más ha crecido aun con términos de intercambio comparativamente menos favorables. En última instancia, ningún viento es en sí mismo decisivo, aprovecharlo es ante todo una virtud del piloto.

En el año 2009, las exportaciones argentinas registraron un fuerte descenso a partir de los grandes problemas derivados de la crisis internacional. Sin embargo, un conjunto de herramientas contracíclicas (AUH, Estatización de las Jubilaciones, etc.), viabilizaron una rápida recuperación tanto de la economía en general como de las exportaciones.

Ahora bien, los efectos de la crisis retornaron y se expandieron a países de todo el globo hacia el año 2012, complejizando la posibilidad de ubicar productos nacionales en el exterior. El impulso de las políticas de ajuste y austeridad implicaron un claro descenso en la demanda agregada mundial, impactando negativamente en el volumen de importaciones mundiales afectando, obviamente, a nuestro país. Como se comentó anteriormente, el impulso de políticas económicas que redundaron en la reducción del gasto y la inversión pública, aplacaron los niveles de consumo y disminuyeron la demanda internacional.

En este sentido, informes de la Organización Mundial del Comercio (OMC) señalan una clara desaceleración del comercio mundial para los próximos años – cerca del 3%-, registrando cifras muy por abajo del promedio registrado en los últimos veinte años (1993-2013) donde rondaba el 5%.

En tan complejo escenario internacional, Brasil, socio estratégico de la Argentina, destinatario de 6 de cada 10 dólares exportados de manufacturas industriales, no ha impulsado políticas de expansión y de fomento a la demanda,  lo que finalmente afectó negativamente el volumen de importaciones. De hecho, la principal economía de Sudamérica, en la actualidad, ha planteado un camino de ajustes fiscales y de devaluación de su moneda  con una segura reducción de la demanda y, por lo tanto, de las importaciones.

Uno de los sectores más afectados ha sido la industria automotriz, cuya incidencia en el volumen de exportaciones es muy relevante. Dicho complejo conserva un déficit estructural con Brasil por las decisiones de localización productiva de las grandes terminales. En este sentido, es importante destacar las negociaciones impulsadas por el Gobierno Nacional redujeron las importaciones de 1,95 a 1,45 por dólar exportado, con perspectivas de continuar reduciendo este monto para lograr intercambios más equilibrados.

Otro de los elementos, estrechamente vinculados a la financierización internacional, que generaron más complicaciones fue el descenso abrupto de los precios de los commodities internacionales vinculados a la cartera exportable nacional. Un ejemplo bastante claro fue la evolución del precio de la soja por toneladas, que pasó de valer 489 dólares a mediados de septiembre del 2012 a 334 dólares a fines de septiembre del 2014 en la bolsa de Chicago. El maíz experimenta un proceso similar: de los 322 dólares que se pagaba por tonelada en julio del 2012, el 24 de noviembre llegó a pagar apenas 148 dólares por tonelada. Estos dos productos constituyen un aporte cuantitativo de divisas a nuestra economía.

A su vez, la caída del precio del petróleo presenta una doble variable. Por un lado, se plantea un escenario positivo por la reducción el precio de las importaciones de combustibles, lo que relajaría la restricción externa en 2015, y a su vez, la baja del precio del petróleo influye en otros costos, como por ejemplo los plásticos y los fertilizantes, lo que son insumos tanto para la industria como para el agro local. Por el otro uno muy complejo, por los efectos de esta caída en socios comerciales muy dependientes de las exportaciones de petróleo. Todos ellos, principalmente Venezuela, Rusia y varios países del Oriente Medio son socios comerciales de gran importancia para nuestro país.

Vinculado a la caída de los precios de los commodities agrarios es importante señalar una serie de maniobras especulativas, que se producen bajo dos modalidades. La primera, sostenida desde hace algún tiempo por grandes productores y exportadores de productos agropecuarios, consiste en la no liquidación de granos, con el objetivo de acentuar las tensiones cambiarias y eventualmente forzar una devaluación. Si bien para evitar estas acciones, el gobierno sello un acuerdo con el sector primario, donde las principales cámaras se comprometían a liquidar USD 5000 millones, en el tercer trimestre de 2014, y a su vez, el Banco Central aumentó la tasa de interés de referencia, bajando las expectativas de devaluación que tenía el sector primario e incitándolos a liquidar la cosecha.

La segunda modalidad implica la subfacturación de exportaciones de las que son sospechosas algunas empresas exportadoras. En respuestas a este tipo de maniobras que el Gobierno Nacional dispuso la creación de una agencia multi ministerial integrada también por otros organismos como la AFIP y la PROSELAC, llamada Unidad de Seguimiento y Trazabilidad de las Operaciones de Comercio Exterior.

La salida a este panorama mundial sombrío, es por un lado, proseguir en el camino iniciado hace desde hace años, como con iniciativas como el Programa de Aumento y Diversificación de las Exportaciones (PADEx) que presentó líneas de acción concretas en la promoción de los productos nacionales en el exterior. Dicho programa planteó cuáles son los países estratégicos para las acciones a realizar para potenciar el comercio exterior. En ese sentido, las principales acciones son las rondas de negocios, la participación en ferias internacionales y las misiones comerciales.

Al mismo tiempo potenciar, a través de programas, financiamientos y asistencia técnica, las exportaciones de valor agregado que mayor cantidad de divisas ingresen al país y que mayores impactos regionales en términos de ocupación generen.

Y por el otro apostar al mercado interno, donde el Estado tiene la obligación de liderar el proceso de acumulación y realización, donde se abren perspectivas muy interesantes en sectores clave, como el hidrocarburífero con Vaca Muerta, el sector minero, donde sobresale el litio, el software nacional, y ante la caída de los precios internacionales de los granos, se presenta la posibilidad de transformar esos granos en proteínas, con la promoción de la producción de carne de distintos tipos, fundamentalmente la porcina.

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