Una macrieconomía sin salida

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La dilación en hacer efectivo el shock devaluatorio no es casual: el Gobierno supo siempre que para financiar su programa económico en el corto plazo no bastarían los dólares guardados en silo-bolsas. El anuncio de quita de retenciones apunta sólo de manera lateral a esta primera cuestión, dado que relega el caso de la soja -principal producto estoqueado- para futuros desgraves. En ese caso, como también en el de cualquier capital financiero que quiera invertir en Argentina, el verdadero anuncio esperado es el de la devaluación. La postergación de la misma se debe justamente a que para realizar el shock devaluatorio y contener una futura escalada, el Gobierno debe primero aprovisionarse de mucha liquidez en divisa para poder volcar al mercado una vez acomodada la cotización oficial, evitando así sucesivas corridas. El problema parece ser circular ya que ningún fondo de inversión colocaría dólares en una economía que va a devaluar su moneda un 40%, 50% o 60%; dado que para que obtener rentabilidad en moneda de origen en ese escenario el interés debe ser sustancialmente alto y compensar la depreciación. Justamente, la tasa de interés pasa a ser otra de las variables que estará en pugna si el macrismo no logra contener el tipo de cambio luego de la devaluación. La apuesta de máxima indicaría que el Gobierno, si consigue financiamiento externo, podría aplicar el shock devaluatorio, vender masivamente dólares hasta que la presión baje y evitar así incrementar las tasas. Si logra esto, los niveles de tasa actual alcanzarán para generar el diferencial que desaliente el posicionamiento en divisas e incentive la colocación en pesos en una segunda instancia.

De nuevo, todo el esquema se estructura sobre la base de que haya financiamiento, mucho y en el corto plazo. De no ser así, en el esquema conceptual del equipo económico de Macri la tasa será el instrumento de ajuste para desalentar la corrida; dado que toda intervención directa del BCRA en el mercado cambiario como comprador está mal vista y es incompatible con su objetivo de imponer “metas de inflación”. Es decir, abocar la política monetaria únicamente a reducir el circulante y no convalidar aumentos de precios o, dicho de otro modo, “enfriar la economía”. Al mismo tiempo, una feroz suba de tasas implica el encarecimiento del crédito al sector productivo y una consecuente profundización en la concentración económica por parte de los principales grupos económicos, locales y extranjeros, con espalda para tomar crédito en el exterior. Esta alternativa, que parece ser la más viable para el nuevo equipo económico, busca en última instancia la contención de los precios vía un redireccionamiento de los flujos monetarios de la economía real al mercado financiero, cuestión que no es ajena a la historia de nuestro país y que durante 25 años condujo a la destrucción del tejido productivo industrial, generando la escalada de las tasas de desempleo y pobreza que culminaron con la mayor crisis del país en 2001. En este punto es dable remarcar que el endeudamiento que el Estado asumirá simplemente será un pase de manos para que actores privados puedan hacerse de esas divisas y fugarlas.

En resumidas cuentas, el anuncio anticipado de la mega-devaluación es una bomba económica que el propio Gobierno se activó a sí mismo durante la campaña. Desarmarla ahora parece ser bastante más complejo de lo que imaginaban, principalmente por el desfasaje temporal generado entre el anuncio, la realización y la financiación de la medida. Finalmente, el esquema cambiario del macrismo encierra a la economía argentina en un callejón sin salida donde si no hay una corrida cambiaria es simplemente porque el endeudamiento externo subió a tal punto que permitió mantener el nuevo tipo de cambio. En ambos escenarios el país retrocede, ya sea por la magnificación del impacto regresivo de la devaluación generado por una eventual escalada cambiaria o por recuperar la estabilidad del dólar a costas de retornar al ya tradicional esquema de endeudamiento externo y fuga de capitales que colapsó en 2001. En cualquier caso, la implementación de medidas “de manual” da cuenta de, por un lado y cuanto menos, una falta de creatividad en el equipo económico y, por el otro, de una marcada posición política acerca de quién debe pagar el ajuste.

  • Por Martín Fernández y Leandro Ziccarelli

 

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